30. abril 2026
¿QUIEN ENGAÑA A QUIEN: mi perro o yo ? Cuando la conducta no cuenta toda la verdad.
En muchos contextos, el estado del perro no se atiende como información en sí misma, únicamente nos fijamos
en su respuesta por lo que esperamos de él.
Su expresión emocional y biológica queda subordinada a una finalidad concreta:
–Trabajar, responder, obedecer o sostener una apariencia útil–
La comunicación del perro ya casi no nos llama la atención,
tal vez porque ni siquiera dominamos las formas más básicas de contacto con él.
Entonces, su manera de relacionarse con nosotros deja de convertirse en referencia.
Sólo nos inquieta su estado físico: si come, si bebe, si está enfermo…
Y terminamos transformando su sistema natural de comunicación en algo que interpretamos
únicamente según lo que necesitamos que haga.

Una mirada sobre la ansiedad, la conducta y aquello que no siempre vemos en nuestro perro.

No todo lo que muestra nuestro perro refleja su estado real.
Parto de la confusión que tenemos sobre el movimiento y el equilibrio,
la obediencia con el buen hacer, el grado de actividad con su bienestar general.
La observación basada en el cuidado de manadas y en contextos en los que he procurado reducir al máximo todo condicionamiento humano me ha permitido recorrer esa distancia: desde lo visible a lo profundo, desde la ansiedad cotidiana hasta los procesos biológicos que realmente organizan su conducta.
Perros de trabajo: cuando no basta con adiestrar

Las organizaciones que trabajan con perros de asistencia llevan décadas enfrentándose a una misma realidad: muchos perros que parecían perfectos para esa labor no consiguen completar el proceso.
A veces el problema es físico: displasia de cadera, dolor articular, limitaciones estructurales que aparecen con el tiempo y que impiden sostener el esfuerzo diario que exige el aprendizaje para ese trabajo.
Otras veces no es el cuerpo, sino la gestión emocional: Ansiedad, miedo a estímulos nuevos, incapacidad para soportar presión constante o dificultad para mantenerse estables en entornos exigentes.
Incluso algunos perros que terminan su formación pueden desarrollar después problemas que los desplazan de esa función.
Esto demuestra algo importante: no todo se resuelve con adiestramiento. Hay otros factores profundos, como hemos tratado de "acercarnos" que lastran su capacidad real para el trabajo seleccionado.
Ansiedad y soluciones demasiado simples

Aquí es donde muchas de esas veces, aparecen respuestas rápidas para problemas complejos. Si un perro muestra ansiedad, enseguida surgen recomendaciones como: hacer agilitty, más ejercicio, más obediencia o sencillamente dejarlo oler más durante el paseo.
Todo suena lógico. Incluso parece correcto, pero muchas veces no se está atento
al origen del síntoma, sino solo a lo aparente del mismo.
Un perro puede correr más, saltar más o pasar más tiempo olfateando y seguir exactamente igual en su estado interno.
Porque el problema no siempre está en la falta de actividad, sino en el estado bilógico desde el que vive esa actividad.
Y la solución no es estimular al perro mediante el ejercicio como solución en sí misma
No es lo mismo un perro que explora con serenidad que uno que se mueve desde la tensión. Y ahí empieza la gran confusión: creer que la conducta visible explica por sí sola el bienestar real del perro..
En mi experiencia con manadas, llegué a un punto en el que observaba y dejaba que los procesos sucedieran.
Y fui ampliando el marco de mi investigación a perros de trabajo: policía, búsqueda, guía, caza, etc. Y aunque están en modo trabajo, la idea es recordar algo básico que a veces se olvida;
–siguen siendo seres vivos–
De eso hablamos: de organismos integrados en un ecosistema compartido, el nuestro, que ha hecho posible su desarrollo tal como los conocemos.
Esta lectura no se limita a los perros de trabajo, como se puede intuir, sino que se extiende a los perros con los que convivimos en casa y en la vida cotidiana.
El día que entendí que no era falta de ejercicio

Durante mucho tiempo pensé como piensa todo el mundo: Llegaba a casa, sacaba a los perros a su paseo habitual, volvía, me sentaba a leer o a ver una película, sencillamente me ponía a mis cosas...y ellos seguían inquietos. No terminaban de calmarse. Mi primera idea fue la más común: necesitan más actividad. Más paseo, más movimiento, más desgaste. Pero algo no encajaba.
Así que un día cambié, no la cantidad sino la calidad de las salidas. Ya no pensaba en paseos.
Tomé la determinación de que su vida no dependía de unos paseos. En lugar de rutinas por aceras, subí con ellos
a la montaña, al monte, monte a través. Ah...! la cosa cambiaba, mostraban otra actitud, pero al principio estaban un poco como descolocados.
Tengo que aclarar que yo sí me preparé porque esto me permitía fijarme en ellos y me di el permiso para que el tiempo transcurriera con esa sincronía del monteo, paradas naturales para explorar y una forma de estar muy distinta.
Y ocurrió algo simple pero ilustrador.
Al volver mientras yo me sentaba tranquilo con mi café o me ponía con mis "papeles" ellos estaban profundamente dormidos. Y no estaban agotados, no... creo que estaban regulados... en equilibrio.. satisfechos.. Eso me parecía.
Ahí comencé a entender que no siempre falta el ejercicio. A veces falta el entorno adecuado para que el sistema nervioso pueda volver a su lugar.
No todo lo que el perro hace significa lo que creemos.

Desde fuera, muchas escenas parecen claras, otras no tanto:
Un perro olfatea mucho durante el paseo y pensamos que está disfrutando. Permanece cerca de nosotros y creemos que está perfectamente equilibrado. Corre, juega, se mueve sin parar...y asumimos que está bien. Pero no siempre es lo que parece.
Un perro puede oler por ansiedad, por saturación o por necesidad de descargar tensión; así que no confundamos y repasemos siempre lo anterior, lo que ha precedido. Me refiero a repasar como es su día a día.
La acera de la ciudad o los bordes de las calles no son el bosque, o el monte, por muy en lo rural que estén. No ofrece la misma riqueza sensorial ni la misma capacidad de exploración real. No hay sincronización con el entorno del ecosistema al que pertenecen.
Lo mismo ocurre con la proximidad. Un perro puede caminar a nuestro lado porque es su referencia, o por dependencia, inseguridad o simple aprendizaje por lo rígido del ejercicio.
La conducta visible no siempre revela su estado interno.
Y ahí está uno de los mayores errores: creer que ver es lo mismo que comprender.
La forma de mirar cambia todo
Con los años entendí que observar un perro no consiste solo en mirar lo que hace
sino en percibir desde dónde lo hace.
Ahí empieza otra forma de entender y comprender a nuestros perros.
No se trata únicamente de ver si le gusta correr, si se detiene a olfatear
o si obedece siempre o casi siempre sino de distinguir su estado, su grado de atención
y desde ahí ver si puede ir hacia la calma, si hay saturación o frustración
o si hay equilibrio o simplemente una descarga.Integrar al perro en la familia sin estrés
Esos matices no siempre se explican con una técnica ni con un curso. Se perciben en su respiración, en sus pausas, en su mirada, tanto la exploradora como la que te busca a ti como guía, en cómo se acerca o se aleja, y en su capacidad de cambiar de estado, algo que siempre resulta asombroso.
Lo aprendí con mis manadas y lo llevé a casa también, a mis perros en la vida familiar.
También lo aprendí en el momento de su muerte, uno a uno.
He estado presente cuando cada uno de mis perros llegaban a ese final, esos días de “abandono” total.
No era una cuestión médica, era la propia naturaleza. Algunos, los menos, murieron en la clínica, recuerdo alguno tras un post operatorio.
Y así, con los años y muchos casos, con mucha dedicación y entrega, fui aprendiendo de ellos. Me habría gustado poder darles más; en otro artículo lo explicaré.
Eso me iba confirmando algo que ya intuía: el perro siempre muestra más de lo que parece, pero no siempre sabemos leerlo.
No todo lo que parece bienestar lo es
Es fácil interpretar lo que vemos en el paseo como señal de equilibrio.
Un perro que olfatea con intensidad parece relajado.
Un perro que camina a nuestro lado parece obediente y estable.
Un perro que se mueve, explora o juega nos parece “bien” y es ideal, pero puede ser información sesgada.
Porque esa lectura está incompleta.
El comportamiento visible no siempre refleja el estado interno real del perro. A través de este comportamiento debemos transitar hacia una lectura más completa, biológica y coherente. Es, ante todo, una responsabilidad prioritaria nuestra como dueños, guías o sencillamente como observadores.
Olfatear de por sí es óptimo si es exploración, pero también puede ser descarga de tensión o búsqueda compulsiva de información para compensar un estado de inseguridad.
La proximidad puede ser calma, pero también dependencia o falta de seguridad para separarse. Incluso la actividad constante puede parecer salud cuando en realidad es incapacidad para entrar en reposo. La clave no está en lo que el perro hace, sino en desde qué estado lo está haciendo y si puede cambiar de estado con facilidad.
Ahí es donde la lectura cambia por completo.
Si te interesa profundizar en esta forma de observar y comprender a nuestros animales, a nuestros perros, puedes ver mis libros aquí: AUTOR
